Cada vez que puedo charlar con mujeres saudíes fuera de su país y sin la cárcel textil que las convierte en negros fantasmas, siempre siento una contradictoria sensación. Por un lado, la alegría de verlas tan bellas, hablando de sus ilusiones sin asfixiante opresión. Mujeres con cara y manos, que tienen opinión y pueden expresarla, y que sueñan alto porque sus sueños son realizables. A la vez, recuerdo que esas mismas mujeres, que pueden emanciparse gracias a vivir en el extranjero, serían espectros embutidos en ropas y leyes infernales, sin derechos básicos, si vivieran en su país. Recuerdo una conversación reciente en Ginebra con una saudí que vive en Suiza y que es directiva de una compañía. Había estudiado en un internado del país -gracias al open mind de su familia-, y después de algunas tribulaciones, se casó con un suizo y vive allí felizmente. Es una mujer dinámica, notablemente inteligente y preparada. Pero eso que en Suiza tiene un valor por sí mismo en Arabia Saudí habría sido una simple anécdota que no le habría impedido ser segregada socialmente, tutelada por hombres hasta el delirio, por el padre, el marido, el hijo o el policía religioso de turno, y condenada a penas feudales si incumpliera las infernales prohibiciones que sufriría por el hecho de ser mujer. Es decir, su talento, sus ambiciones, sus deseos sólo habrían sido juguetes rotos en manos del fanatismo violento que gobierna su país.Hoy leo que el Gobierno saudí, en un ataque de liberalidad extrema (deben de haberse mareado) va a permitir que las mujeres participen en los Juegos de Londres. Lo cual es toda una noticia, primero porque las mujeres tienen muchas dificultades para poder practicar cualquier deporte y siempre deben hacerlo de forma segregada; y segundo porque conseguir el nivel olímpico femenino en ese país es una hazaña heroica. Al mismo tiempo, leo que empieza a existir el fenómeno de las jóvenes saudíes que se visten como hombres para escapar de la asfixia a la que están sometidas, aunque la policía religiosa ya ha empezado a mover sus tentáculos para obligarlas a «rectificar su conducta». Y en paralelo, muchas son las noticias de mujeres que se organizan e intentan conseguir derechos mínimos, que, en ese país, son todo un mundo. Lo cual me lleva a la esperanza de pensar que en esa misógina y brutal dictadura, sean las mujeres las que fuercen el cambio. Pero mientras tanto, lo cierto es que somos buenos aliados de unos totalitarios que odian a sus mujeres, promueven el extremismo por todo el mundo y se mofan de las libertades. Ni nos importa su delirio, ni su crueldad, ni sus víctimas, sólo su petróleo y sus negocios. Y de derechos humanos sólo hablamos si los tiranos han caído. Pero mientras están en el poder, damos la manita pepeluis, miramos hacia otro lado y despreciamos a sus víctimas. Somos un saco de mentiras con corbata.
Esas bellas mujeres
02/Jul/2012
La Vanguardia, Pilar Rahola